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martes, 6 de abril de 2010

Entre la vida y la muerte

Acabo de ver el documental "La Sociedad de la Nieve" hecho por los 16 sobrevivientes uruguayos del avión que cayó en la Cordillera de Los Andes cuando iban a jugar un inocente partido de rugby a Chile. Es realmente impactante. Recuerdo haber visto la película "Viven" -que popularizó esta historia en los años '90- cuando era más chica y nunca tomé real dimensión de lo que vivieron esos muchachos. Hoy entiendo que eran chicos de tan sólo 19 años que por primera vez se subían a un avión con toda la adrenalina propia de la edad en lo que sería un viaje de pura diversión. Entiendo también que ese fue su primer contacto con la nieve. Entiendo que encontraron la peor tragedia que nunca imaginaron vivir. ¡Cuánta crueldad e ironía hay en esta historia!

Me transporto a mis 19 años y no puedo dejar de ver la inmadurez que me caracterizaba -que caracteriza a todos los de esa edad-, donde la mayor preocupación es la ropa que te vas a poner el fin de semana en las mujeres, las minas que te vas a levantar en los hombres, si la plata te alcanza para ponerte en pedo uno o dos días a la semana en ambos y, a veces, si sos un poco traga, ese parcial que estás por rendir -y que si no aprobás se termina el mundo-. La preocupación de ellos era ovalada y usaba minifaldas.

De pronto, de un momento a otro, todo cambia para no volver a ser lo que era nunca más. Un segundo y estás viviendo otra vida. Una vida que no elegiste, pero de la que no podés escapar. Una vida dura y llena de complicaciones que ni la sabiduría de los abuelos puede resolver. Una vida sin vida. Una vida con olor a muerte. Repito: ¡cuánta crueldad en esta historia! Imagino ese parpadeo que marcó el final de una etapa y el comienzo de otra y se me pone la piel de gallina. Imagino el momento en que abrieron los ojos y todo se tiñó de blanco a sus alrededores .. y también de rojo. Imagino personas agradeciendo estar vivas y maldiciendo por los que están muertos. Imagino el frío, el viento, las llagas en la piel, olores nauseabundos, hambre, desesperación, bronca, resignación, dolor físico, psíquico, dolor del alma .. todo en una inmensidad que te hacer ver y sentir como el ser más ínfimo de la Tierra .. aunque esos dolores, esa bronca, hambre, ese frío son tan o más grandes que la Cordillera entera.

De pronto la visión que uno tenía del mundo se amplía y te das cuenta que no pasa nada si no te podés comprar la remera que te gusta, si en vez de cinco fernet te comprás sólo dos o si rendís mal un final. Los valores se reacomodan de un sacudón. Nada vale más que el abrazo de un ser querido, un plato de comida caliente hecha por mamá o esas palabras de aliento y confianza que cada tanto recibimos de los amigos y la familia.

Me pregunto ¿qué pensar en ese momento para sobrevivir? ¿qué todo pasa por algo? ¿qué Dios sabe por qué hace las cosas? ¿o es mejor buscar fuerza en el llanto de la familia quebrada que añora estar viviendo una pesadilla? ¿o en la vanidad que vive en los hombres que nos hace creernos omnipotentes y todopoderosos en algunas situaciones? Sólo ellos saben lo que sirve y lo que no sirve en ese momento. Sólo ellos vivieron no sólo la experiencia de sobrevivir a la caída de un avión sino también la odisea de sobrevivir 72 días en plena Cordillera sin equipaje, alimento y conocimientos necesarios. Sólo con 19 años y mucho valor.

Y profundizando en esta cruenta historia llegamos al momento en que tuvieron que decidir comer a sus amigos para sobrevivir. No estoy hablando de comer carne humana. Estoy hablando de comer a tu amigo. El que inició el viaje con las mismas expectativas que vos: buscar -y encontrar- diversión. El que conocés desde que eras chico. El que murió por no estar sentado en el asiento que ocupaste vos. ¡Por Dios qué duro! De nuevo, me conmueve la valentía de estos muchachos que en todo momento demostraron ser verdaderos hombres.

Luego, escuchar por la radio -¿cuán real es lograr hacer funcionar una radio?- que la búsqueda cesaba porque debían estar muertos. La vida se burlaba de nuevo y los declaraba cadáveres. ¡Cuánta desesperación, cuánta bronca, cuántas lágrimas derramadas y congeladas en las gélidas noches apenas vividas! Luego, decidir emprender una expedición para llegar a un lugar verde, donde la vida vuelva a ser vida, pero sin poder planear más de dos metros por delante ni de la próxima roca que toca pisar. Caminar, arrastrarse, caerse y volver a levantarse -¿cuántas veces ya?- en el medio de la nada, donde los ojos arden y las manos y pies se gangrenan. ¿Cuántas noches puede durar una pesadilla .. -una pesadilla llena de paz y belleza natural-?

De pronto el arriero y su choza demuestran un acercamiento a la civilización -me pregunto si llamaríamos civilización a esa choza y a ese arriero si lo viéramos al costado de la ruta en cualquier viaje de placer-. Seguro que en ese momento representó más civilización que la vivida en la cima de la montaña durante más de dos meses.

De pronto, volver a nacer. Sentimiento sentido infinidad de veces en 72 días y que muchos no logran experimentar ni siquiera una vez en la vida -¿suerte o tragedia?-. Besos y abrazos por fin concretados para algunos .. e infinitamente soñados para otros. Realidad desencajada. Ilusiones destruídas. Infancias perdidas. Enseñanzas encontradas. Sentimientos nunca sentidos y sentimientos que nunca más se volverán a sentir. Paz traicionera. Dejar atrás esos días transcurridos entre la vida y la muerte -más cerca de esta última- y volver a empezar. El primer paso. Miedos vencidos. Miedos surgidos. Broncas acumuladas. Arrugas en la cara. Locura compartida. Sonrisas dibujadas sobre sueños pisoteados. Sabiduría pesadumbrada e involuntariamente adquirida. Y un coraje y una valentía capaz de vencer el rugir de toda una Cordillera.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Bajo el régimen del conformismo

¿Hasta cuándo las personas van a seguir conformándose con lo poco que tienen alrededor? Hace unos días vengo notando en gente que conozco (amigas, familiares) actitudes de conformismo que me desconciertan y, en cierto punto, me molestan (si es que puedo molestarme por algo así), bah, en realidad me molesta que dentro de dos, tres, seis semanas vuelvan a quejarse de lo que hoy eligen. Que mi novio no me llama nunca por teléfono, que nunca tiene ganas de salir conmigo, que ya no es lo que era, que parecemos hermanos más que novios, que mi trabajo es una mierda, que no me pagan lo que correspondería .. en fin, quejas, quejas, y más quejas. Ahora, yo me pregunto, el sentido de esos reproches ¿cuál es? En serio, si no estás satisfecha con lo que tu novio te ofrece: peleate. Si tu trabajo te estresa y no te brinda lo que estás buscando: renunciá. Si el chico con el que salís te trae más dolores de cabeza que sonrisas: dejalo. Pero no te conformes con migajas por miedo a que lo que venga después sea peor. Y si no encuentro a nadie, y si me quedo sola, y si todos los hombres son iguales, y si en todos los ámbitos laborales te tratan igual, etc, etc, etc. ¿Y si no?

¿Por qué la mayoría de los seres humanos tienden a pensar que el futuro va a ser peor que el presente? ¿Por qué ese miedo tan grande al cambio, a lo nuevo, a lo desconocido que nos paraliza hasta el letargo? [Me pregunto si en realidad lo que sentimos no es miedo a nosotros mismos, miedo a enfrentarnos con nuestros deseos y miedo a no saber cómo satisfacerlos. Me pregunto si, en cierta forma, no somos nosotros quienes boicoteamos nuestra propia felicidad.] Me cuesta entender que seamos tan básicos (y tan estúpidos) de comprar un famélico bienestar permanente por no arriesgarnos a buscar una rebosante felicidad.

La búsqueda de la felicidad no es sencilla (tranquilos, no voy citar de prestado las frases de Bucay), pero estoy segura que el camino que lleva a su encuentro es mucho más reconfortante que vivir anticipándose a lo que nunca será. Sin embargo, para encontrar la felicidad, primero hay que buscarse uno, y creo que muchos no quieren enfrentarse con su alter ego escondido (enjaulado) en su interior. Es más fácil admirar la imagen que devuelve el espejo (u odiarla). A partir de esas horas, días, meses que uno comparte consigo mismo, a partir de ese conocimiento de uno, se pueden plantear los objetivos que llevan a la felicidad personal. Antes no. Antes son momentos. Ahora, este es un camino sinuoso, lleno de subidas y bajadas, de curvas peligrosas, de frenadas de golpe [¿pero no es esta ruta la de la vida? ¿la que realmente vale la pena? ¿la que nos mantiene despiertos?]. Este camino también está lleno de desencuentros, está lleno de objetivos no alcanzados, de alegrías esfumadas, de lágrimas derramadas .. pero con una certeza, la dirección es siempre hacia adelante y los pasos, una huella destinada a permanecer por más tiempo que el nombre de las celebridades en el camino a la fama hollywoodense (tanto los de nuestros pies, como los de nuestras rodillas).

Y así, pasito a paso, nos damos cuenta que ganamos nuestra primer batalla en esta vida sin guerras y que su estela es indeleble. Y a partir de ahí nos damos cuenta que no hay muros de los lamentos ni murallas de Berlín, aunque sí quizás varias Murallas Chinas. De ahí en adelante todo depende de uno. Las riendas las jala cada uno en la dirección que desee. Por eso no hay que conformarse con algo cuando de nosotros depende el todo. Por eso hay que transformar el miedo en combustible adrenalínico de nuestro cuerpo y avanzar, sin doblarse hasta romperse.