Hace unos días fui a un negocio de ropa (de esos donde varias marcas se pelean entre sí) donde se anunciaba en letras grandes y coloridas "outlet". Soy cliente asidua de ese local por lo que decidí darme una vuelta y ver si alguna vez puedo hacer algo de economía. La respuesta, obviamente, fue NO. Pero eso no fue lo más extraño. Lo que por momentos me dejaba sin aliento (estupefacta, por decirlo de algún modo), comienza acá.
Llegué temprano para encontrar algo que valga la pena (en estos casos se sabe que lo más lindo se vuela demasiado rápido). Primera señal de alarma: tuve que hacer cola para entrar. No lo podía creer ¿tan desesperadas estamos las mujeres que buscamos excusas como el outlet para salir corriendo a cuanto negocio de ropa se cruce enfrente de nosotras? Parece que sí. Por suerte sólo esperé unos diez minutos.
Logré la, a esa altura hazaña, de entrar. Segunda señal de alarma, primera señal de pánico: el caos personificado en todas esas hormiguitas, holgazanas aunque astutas, que dejaban la vida por alcanzar esa percha que se cruzaba delante de sus ojos. Por segunda vez en la mañana, y con espacio de 15 minutos, no lo podía creer. Me pregunto ¿por qué otras cosas las mujeres estamos dispuestas a luchar de la manera que lo hacemos por la ropa? Porque eso era una lucha: empujones mal simulados, codazos y pisotones por debajo de la mesa, brazos cruzando por encima de todo para alcanzar eso que a simple vista sirve (aunque eso significara llevarse un par de cabezas en el camino). Nunca imaginé tantas similitudes con una manada salvaje y hambrienta de hienas frente a sus inocentes presas, sólo que ellas lo hacen para sobrevivir. [Parece que estamos alterando y maldireccionando la escala de valores].
A esa altura no podía más que mimetizarme en la situación y empezar a reclamar lo que me pertenecía. Tras recojer varias prendas que sabía que no me iba a comprar, y en el caso que las comprase, sabía que no las iba a usar en la vida, me dirijo a los probadores, sólo porque estaban baratas. Ajá. ¡Alarma, pánico, estupor! Nuevamente cola y esta sí que me llevaría más de diez minutos. En fin, ya estaba en el baile, había que bailar.
Tras media hora de claustrofobia logro salir airosa de los probadores. Obviamente la selección se redujo a mucho menos de la mitad. Creo que hasta logré sonreír. Duró poco. Empecé a mirar los precios de las preciosas prendas que había elegido y sácate ¡de ganga no tenían nada! Estaban un poco rebajadas, sí, pero también estaban muy alejadas de las letras coloridas de la publicidad. A esa altura ya estaba entusiasmadísima y no podía dejar que ninguna se perdiera en las manos (y en el guardarropas) de otra cliente feroz, asique empecé a hacer malabarismos, trucos y magia con las matemáticas hasta encontrar una salida a tamaña encrucijada. [¿Distorsión de la realidad? Sí, tanto que avergüenza].
Ya más relajada me fui a hacer la cola para pagar. Más relajada es una forma bastante surrealista de decirlo porque entre los precios, el cansancio y la salvaje lucha, no podía estar relajada. Nuevamente la cola representaba una eternidad, pero yo seguía bailando. Sin embargo en ese momento, y tras haber agotado mi cerebro en las situaciones previas, me dediqué a mirar, más bien a observar. Y nuevamente me sentí descolocada por esas mujeres que mostraban caras de alarma y pánico (como lo hice yo, y como lo harán tantas a lo largo del día), rostros desencajados y hasta un poco perdidos (en busca del conformismo inútil y efímero). Y me pregunto por qué elegimos sufrir hasta en esas situaciones que deberían ser placenteras y por qué nos sometemos con libre albedrío a situaciones que nos hacen sufrir. En fin, me pregunto ¿Por qué las mujeres teñimos siempre nuestras vidas con drama?
Llegué temprano para encontrar algo que valga la pena (en estos casos se sabe que lo más lindo se vuela demasiado rápido). Primera señal de alarma: tuve que hacer cola para entrar. No lo podía creer ¿tan desesperadas estamos las mujeres que buscamos excusas como el outlet para salir corriendo a cuanto negocio de ropa se cruce enfrente de nosotras? Parece que sí. Por suerte sólo esperé unos diez minutos.
Logré la, a esa altura hazaña, de entrar. Segunda señal de alarma, primera señal de pánico: el caos personificado en todas esas hormiguitas, holgazanas aunque astutas, que dejaban la vida por alcanzar esa percha que se cruzaba delante de sus ojos. Por segunda vez en la mañana, y con espacio de 15 minutos, no lo podía creer. Me pregunto ¿por qué otras cosas las mujeres estamos dispuestas a luchar de la manera que lo hacemos por la ropa? Porque eso era una lucha: empujones mal simulados, codazos y pisotones por debajo de la mesa, brazos cruzando por encima de todo para alcanzar eso que a simple vista sirve (aunque eso significara llevarse un par de cabezas en el camino). Nunca imaginé tantas similitudes con una manada salvaje y hambrienta de hienas frente a sus inocentes presas, sólo que ellas lo hacen para sobrevivir. [Parece que estamos alterando y maldireccionando la escala de valores].
A esa altura no podía más que mimetizarme en la situación y empezar a reclamar lo que me pertenecía. Tras recojer varias prendas que sabía que no me iba a comprar, y en el caso que las comprase, sabía que no las iba a usar en la vida, me dirijo a los probadores, sólo porque estaban baratas. Ajá. ¡Alarma, pánico, estupor! Nuevamente cola y esta sí que me llevaría más de diez minutos. En fin, ya estaba en el baile, había que bailar.
Tras media hora de claustrofobia logro salir airosa de los probadores. Obviamente la selección se redujo a mucho menos de la mitad. Creo que hasta logré sonreír. Duró poco. Empecé a mirar los precios de las preciosas prendas que había elegido y sácate ¡de ganga no tenían nada! Estaban un poco rebajadas, sí, pero también estaban muy alejadas de las letras coloridas de la publicidad. A esa altura ya estaba entusiasmadísima y no podía dejar que ninguna se perdiera en las manos (y en el guardarropas) de otra cliente feroz, asique empecé a hacer malabarismos, trucos y magia con las matemáticas hasta encontrar una salida a tamaña encrucijada. [¿Distorsión de la realidad? Sí, tanto que avergüenza].
Ya más relajada me fui a hacer la cola para pagar. Más relajada es una forma bastante surrealista de decirlo porque entre los precios, el cansancio y la salvaje lucha, no podía estar relajada. Nuevamente la cola representaba una eternidad, pero yo seguía bailando. Sin embargo en ese momento, y tras haber agotado mi cerebro en las situaciones previas, me dediqué a mirar, más bien a observar. Y nuevamente me sentí descolocada por esas mujeres que mostraban caras de alarma y pánico (como lo hice yo, y como lo harán tantas a lo largo del día), rostros desencajados y hasta un poco perdidos (en busca del conformismo inútil y efímero). Y me pregunto por qué elegimos sufrir hasta en esas situaciones que deberían ser placenteras y por qué nos sometemos con libre albedrío a situaciones que nos hacen sufrir. En fin, me pregunto ¿Por qué las mujeres teñimos siempre nuestras vidas con drama?
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