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martes, 17 de noviembre de 2009

Ese universo de pequeñas cosas

Acá estoy, sentada frente a la compu, escuchando el nuevo cd de Joaquín Sabina (que, como no podía ser de otra manera, invadió primero el ciberespacio que la tienda tienda regular de música con afiches y gigantografías colgando) y volcando, en ese mismo mundo virtual (¿cuál será el fin?), estas ideas que desde temprano se apoderaron de mis pensamientos.
¿Cuánto vale aquel beso que no te dieron hoy? ¿Cuánto pagarías por ese abrazo esquivo que hoy no recibiste? ¿Por qué siempre nos contentamos ante el regalo de alguien y dejamos ir desapercibida esa sonrisa que tanto buscamos? (obvio que estamos hablando de una prenda de vestir mínimo -mejor si es un perfume o el bolso que no compramos por no dejar ir, de una, todo un sueldo- porque si recibimos golosinas, chocolates y/o tarjetas, estarían meses con las orejas rojas por nuestros insultos -si el dicho popular es un hecho y no sólo un dicho-). En fin, ¿por qué le damos tanta importancia a lo material? o, mejor dicho, ¿por qué no le damos la misma importancia que a aquellos objetos tangibles con valor económico, a lo sensorial (espiritual, sentimental, como más guste llamarlo)? A veces creo que somos tan necios y ciegos que dejamos escapar todo ese universo de pequeñas cosas que nos llenan el alma y nos permiten autodenominarnos felices. A veces creo que somos demasiado egoístas y ególatras como para permitirnos captar esos detalles ínfimos del otro que nos hacen gigante a uno. Quizás algunos estén acostumbrados a recibirlos y en ese rutinario acostumbramiento, lo extraordinario se vuelve ordinario (y hasta aburrido). Pero ¡cuánto se nota su ausencia cuando no están! ¡Cuánto se extrañan cuando tomamos consciencia de su aislamiento -y de nuestra soledad-! ¡Cómo deseamos que el estado de hibernación y letargo dé paso al mes de abril!
Necesitamos reivindicar lo simple, lo sencillo, lo natural. Necesitamos darnos cuenta que hay momentos y detalles efímeros que pueden alegrarnos una vida. Necesitamos llamarle pan al pan y vino llamar al vino. Y, por sobre todas las cosas, necesitamos comprender que ese universo de pequeñas (aunque enormes) cosas está siempre a nuestro alrededor esperando nuestra señal de alerta para comenzar a complacernos. Hay que dejarlo ser y hacer .. y así crecer.