Son historias verdaderas que superan la
ficción. Increíbles por donde se las mire. Extraordinarias. Sorprendentes.
Anestesiantes de la realidad. Con vericuetos tanto fantásticos como horrorosos.
Inexplicables. Indignantes. ¿Habrá sido una decisión impulsiva? ¿Dónde descansa
la magia de cada mirada en momentos así? ¿Dónde se esconde el calor de cada
alma? ¿Dónde buscamos el por qué?
La vida fluctúa entre el pasado y el futuro
tan erróneamente que cuando nos detenemos en el presente a veces lo hacemos con
un escalofriante punto final.
Si tan sólo nos ocupáramos un rato de vez en
cuando para organizar adecuadamente nuestra escala de valores, nos daríamos
cuenta de lo insignificantes que son la mayoría de lo que llamamos “problemas”.
¿De qué sirven la ira, tristeza, el enojo, la melancolía si se malgastan en
algo que no vale para nada la pena? ¿Cómo es posible que no podamos dimensionar
la situación en la que estamos inmersos? ¿Cómo es posible ahogarse en un vaso
de agua?
Esa llamada enmudecedora, ese mensaje
atormentador, esa imagen que te paraliza el alma, que queden para la ficción.
Que la realidad es más simple. Que la vida merece disfrutarse. Que sonreír no
cuesta nada pero vale mucho.
...
A veces tres puntos suspensivos le ponen un hermoso punto final a una historia.
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