domingo, 14 de noviembre de 2010

ALTER EGO

Ella no fue. Ella no sabe qué pasó. Inconsciencia personal, momento de desvarío. Quizás perdió la noción de la realidad un instante y ya no pudo volver atrás. Ese instante le costó caro. A ella, a su verdadera ella, a esa que le llevó años construir y que a veces corre despavorida sin querer asomarse a la realidad que tanto le duele. Ese día, ese escaparate le jugó una mala pasada. No hubo otra posibilidad más que su alter ego se encargara de la situación; pero su otro yo no entiende de meditar ni de razones. Así fue que ese vuelo mariposa le dejó una cicatriz difícil de borrar (difícil, no imposible). La bruma se desprendía del suelo. La escena toda era confusa y poco nítida. Ella abría sus alas inocentes (¿inconscientes?) con una sonrisa de par en par. Ella iba a donde quería, pero sin querer. Adentrándose en ese momento lacónico que titilaría intermitente en su cabeza, ella no dijo que no.

De un instante a otro, todo había terminado. Nada había terminado. Abrió los ojos perplejos sin saber hacia dónde mirar. Se había olvidado de respirar. Escuchaba voces contradictorias que le susurraban palabras al oído sin parar, pero ella no quería escuchar a nadie. Sabía lo que había hecho, sabía que se arrepentiría y sabía que no se lo iba a olvidar (no iban a dejar que se olvide). Sintió mucha angustia y mucha bronca y mucha desilusión. Miró alrededor, y no había nadie a quien culpar. Ya se habían ido todos, no quedaba nadie. Ni siquiera su alter ego. En esa desesperación que la invadía, siguió adelante (¿acaso tenía otra opción?). Sin embargo, algo en ella había cambiado, su mirada no era la misma, su postura ya no era la misma. Su ella verdadera pensaba distinto. Tantos años moldeándola cuidadosamente y ahora todo ese esfuerzo se sentía en vano.

Todas ellas aprendieron a convivir luego de que los reclamos fueran esfumándose. Todas tenían la razón y ninguna estaba en lo cierto. Todas habían mentido. Se habían mentido. Y eso angustió a su ella verdadera. A ella nada más. La otra no lo entendía (nunca lo entendió, ese fue el problema). Vacilando sin hesitar siguió su norte. Mirando atrás de reojo, mirando al frente de frente. Lo que fuera que había pasado, pasó y ya estaba enterrado. Era el turno de ponerse de pie nuevamente, entendiendo que nunca haría algo igual. Ni ella, ni su otro yo; porque ahora los dependían de su ella verdadera.

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