Se acerca el 25 de mayo. Se alejan la emoción y el entusiasmo. Se acerca el bicentenario. Se aleja el ánimo festivo. Se acercan 200 años de Patria. Se aleja el sentimiento patriótico y el orgullo albiceleste, en cambio, se acerca la vergüenza nacional. Cada día estamos más cerca del pañuelo que absorbe nuestras lágrimas -y nuestro grito de bronca- y más lejos de la escarapela.
Se suponía que el 25 de mayo de 2010 no iba a ser una fecha más en la vida de los argentinos. No. Se suponía que sería un día -una semana, un mes, un año- de festejos, de recuerdos traídos de la infancia -y de las revistas Billiken y Anteojito- a fin de emocionar el corazón hasta del más insensible. Pero resulta que el corazón de todos está más sensible que nunca en la historia de nuestro país, tanto, que se aproxima más a un iceberg del Atlántico Sur que a una calurosa fiesta patria. Para dentro de cien años quedarán los festejos que la ocasión amerita -rebosante de empanadas criollas, sopaipillas calientes, pastelitos fritos y un buen locro humeante hasta con tripas de cerdo (?)- porque este bicentenario está muy lejos del ánimo que requiere una celebración. ¿Acaso no somos varios los que hasta dudamos de la geniunidad de esta fiesta? ¿Qué negocio sucio están tratando de ocultar? Tantas barrabasadas en el prontuario aniquilan la ingenuidad de cualquiera.
A lo lejos se escucha la llegada del 25 de mayo, pero sin bombos ni platillos. Es una llegada silenciosa, oscura, casi temerosa. Es una llegada que confundió la fecha de arribo para entrometerse en uno de los peores momentos de la historia de nuestro país, de nuestra Patria. [Me pregunto qué pensarán Belgrano, San Martín, Sarmiento de nuestro país y se actuarían distinto conociendo el futuro]. Es la época de la mentira, de la corrupción, de las leyes de Maquiavelo, de la soberbia, de la avaricia, del resentimiento y de la locura. Palabras que exceden los ánimos de cualquier festejo. Palabras que no quiero que formen parte de mi Patria.
¿En qué nos hemos convertido? -¿pasado?- o ¿en qué nos estamos convirtiendo? Somos marionetas del gobierno de turno que actuamos mecánicamente conforme la situación que nos rodea sin comprender que somos nosotros los que debemos crear y construir el escenario en el que queramos actuar. Nos dicen que festejemos y ya estamos preparados para salir a la calle vestidos de señores con galeras altas, bigotes postizos y relojes de bolsillo o mazamorreras. Pero ¿hay motivos para festejar? ¿es posible olvidarse aunque sea ese día -el 25- de las mentiras del Gobierno, del Indec, de los grupos piqueteros, de los sindicalistas, y de todos aquellos que impunemente están destruyendo el país? A mi ni siquiera me nace usar la escarapela -menos aún pintarme la cara de negro con un corcho quemado-. ¿Es posible que hasta el festejo por los doscientos años de historia, que debería ser de todos, haya sido acaparado por ellos -los oficialistas-? ¿Es posible politizar incluso el sentimiento que compartimos todos de ser argentinos? Para este Gobierno que no conoce de límites ni fronteras todo es posible.
En mi caso este 25 de mayo pasará como un día más. Sin festejos -no hay motivos- ni sopaipillas ni locro ni galeras, rogando, por y para la Patria, que este Gobierno se aleje cuanto antes del poder. Ese, y sólo ese, es mi pensamiento patriótico del bicentenario.
Se suponía que el 25 de mayo de 2010 no iba a ser una fecha más en la vida de los argentinos. No. Se suponía que sería un día -una semana, un mes, un año- de festejos, de recuerdos traídos de la infancia -y de las revistas Billiken y Anteojito- a fin de emocionar el corazón hasta del más insensible. Pero resulta que el corazón de todos está más sensible que nunca en la historia de nuestro país, tanto, que se aproxima más a un iceberg del Atlántico Sur que a una calurosa fiesta patria. Para dentro de cien años quedarán los festejos que la ocasión amerita -rebosante de empanadas criollas, sopaipillas calientes, pastelitos fritos y un buen locro humeante hasta con tripas de cerdo (?)- porque este bicentenario está muy lejos del ánimo que requiere una celebración. ¿Acaso no somos varios los que hasta dudamos de la geniunidad de esta fiesta? ¿Qué negocio sucio están tratando de ocultar? Tantas barrabasadas en el prontuario aniquilan la ingenuidad de cualquiera.
A lo lejos se escucha la llegada del 25 de mayo, pero sin bombos ni platillos. Es una llegada silenciosa, oscura, casi temerosa. Es una llegada que confundió la fecha de arribo para entrometerse en uno de los peores momentos de la historia de nuestro país, de nuestra Patria. [Me pregunto qué pensarán Belgrano, San Martín, Sarmiento de nuestro país y se actuarían distinto conociendo el futuro]. Es la época de la mentira, de la corrupción, de las leyes de Maquiavelo, de la soberbia, de la avaricia, del resentimiento y de la locura. Palabras que exceden los ánimos de cualquier festejo. Palabras que no quiero que formen parte de mi Patria.
¿En qué nos hemos convertido? -¿pasado?- o ¿en qué nos estamos convirtiendo? Somos marionetas del gobierno de turno que actuamos mecánicamente conforme la situación que nos rodea sin comprender que somos nosotros los que debemos crear y construir el escenario en el que queramos actuar. Nos dicen que festejemos y ya estamos preparados para salir a la calle vestidos de señores con galeras altas, bigotes postizos y relojes de bolsillo o mazamorreras. Pero ¿hay motivos para festejar? ¿es posible olvidarse aunque sea ese día -el 25- de las mentiras del Gobierno, del Indec, de los grupos piqueteros, de los sindicalistas, y de todos aquellos que impunemente están destruyendo el país? A mi ni siquiera me nace usar la escarapela -menos aún pintarme la cara de negro con un corcho quemado-. ¿Es posible que hasta el festejo por los doscientos años de historia, que debería ser de todos, haya sido acaparado por ellos -los oficialistas-? ¿Es posible politizar incluso el sentimiento que compartimos todos de ser argentinos? Para este Gobierno que no conoce de límites ni fronteras todo es posible.
En mi caso este 25 de mayo pasará como un día más. Sin festejos -no hay motivos- ni sopaipillas ni locro ni galeras, rogando, por y para la Patria, que este Gobierno se aleje cuanto antes del poder. Ese, y sólo ese, es mi pensamiento patriótico del bicentenario.
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